ArtedeAmarte nació una noche de 2003, en febrero. Mientras cenaba con mi esposa y mis dos hijas les expresé que tenía la intención de organizar un curso relacionado con el Niño Interior.

Alicia me miró algo desconcertada porque no sabía nada relacionado con que alguien me hubiese invitado otra vez para impartir un taller o una charla. Así que abrió más aún sus ojos cuando dije que por primera vez organizaría un taller por mi cuenta. Ella supuso que sería en Sevilla, o sus alrededores, pero volvió a levantar la mirada cuando le dije que sería en Semana Santa, en el pueblo de montaña donde solíamos viajar para pasar nuestra vacaciones, un pueblo con quince habitantes fijos a lo largo del año, cerca de Ponferrada, en León. Estaba muy animado por el último taller al que me había invitado el argentino Alfredo Mantovani; bueno el último y el único. Su título giraba entorno a la importancia de los cuentos en la vida de las personas. Creo que había inscritas unas ochenta personas y solo estábamos dos ponentes que nos intercambiamos por sesiones dos grupos de cuarenta personas cada uno. Mi taller llevaba el sugerente título de “La terapia de los Cuentos”. Espoleado por este éxito, por algunas charlas en la Casa de las Columnas de Sevilla y por la facilidad con la que conectaba con el dolor, incluso con las heridas más recónditas de las personas, me lancé a la aventura. Alicia me preguntó durante la cena cómo le llamaría al taller. Hasta ese momento no lo había pensado, pero de mi boca salió algo que no procesó mi mente: El Arte de Amarte. Bueno, suena bien”, me dijo ella.Bueno…, sí…, suena bien”, repetí como un autómata. Durante semanas, cuando volvía del cole, echaba muchas horas en Internet para recabar los mails y las direcciones postales de cientos de colegios e institutos de la esquina noroeste de España. Confeccioné una lista de cuatro mil direcciones en un radio de trescientos kilómetros. Luego trabajé la publicidad con gran esmero, puliendo cada palabra, cada párrafo. Aún están vivos en mí los recuerdos del salón de casa cuando organizamos la primera vez una cadena de montaje que comenzaba plegando los folletos y terminaba con el pegado de una etiqueta adhesiva en la parte frontal del sobre. Sabía que un porcentaje muy alto de ellos iría inevitablemente a la papelera de cualquier secretaría. En efecto, el resultado fue desconcertante. A lo largo de dos meses solo cinco personas llegaron a inscribirse. Durante esos meses hubo vaivenes que me produjeron una cierta angustia; sucedía cuando por la mañana se apuntaba uno, con la consiguiente alegría y celebración entre nosotros y por la tarde se desapuntaban dos. Es decir, una menos en el total.Pero, ¿de verdad no vas a suspender el curso?”, me insistía Alicia cuando tan solo quedaba una semana. Iré aunque haya una persona -dije.¿Por qué?”, me preguntó. No le respondí. Sabía que el taller era novedoso y por aquel entonces era consciente de que mi nombre era desconocido en este mundillo. ¿El Niño Interior para docentes de primaria y para profesores de Instituto? Reconozco que hubo instantes donde me tuve que enfrentar en silencio a grandes dudas, pero finalmente allá que nos presentamos con las dos niñas para disfrutar, ellas de sus días de vacaciones y, en mi caso, para impartir mi primer taller a título personal. En total participamos seis personas. Es necesario que me incluya. Pasamos un fin de semana intenso, lleno de experiencias gratificantes. Hubo risas y hubo lágrimas, hubo comprensión y hubo liberación. Sin embargo, aún hoy, en lo primero que pienso es en la evolución de sus miradas. Alicia incluso me confesaría más tarde que nunca había visto en su vida un cambio tan drástico en la expresión de aquellas personas. Ella las vio entrar y no volvió a encontrarse con el grupo hasta tres días después. Yo me preguntaba lo siguiente: “¿Dónde he aprendido todo lo que aquí ha sucedido, frente a un pianista, una maestra, una profesora de biología y dos personas más? Ni tengo semejantes capacidades ni un conocimiento tan vasto”. El enorme cambio de las personas hasta volverse realmente bellas en sus facciones, unido al insólito aprendizaje que recibí durante el proceso me hicieron tomar la certeza de que algo… o alguien dirigía el proceso. Y ese algo… o alguien no era ajeno a mí, sino en mí, y en ellos. Convencido de que tanta alegría brotando del alma de seis personas no debía ser algo negativo, entonces, ¡tachín-tachán!, organicé… otro curso. ¿Por qué no? En la segunda ocasión las dudas de mi esposa tampoco cejaron y las mías disminuyeron considerablemente, quizá fuera porque en esta ocasión me movía una certeza inquebrantable. Alicia, con su actitud de servicio característica, colaboró, no solo sin rechistar, sino dirigiendo el proceso en algunos momentos. De nuevo se encargó de las mínimas labores de secretaría y de logística. De nuevo plegábamos los folios en tres partes; a continuación adheríamos la etiqueta con la dirección que Alicia había confeccionado y en la esquina superior derecha aparecía el sello ya humedecido por una esponja impregnada de agua. Este fue un remedio necesario porque la primera vez, después de ensalivar los primeros mil sellos, el gusto se nos había vuelto amargo. Así, pues, el salón de nuestro hogar se convirtió durante dos tardes en el centro de operaciones de la familia, y mis hijas disfrutaron a ratos con sus padres. Los sonidos del papel se escuchaban en el ámbito de la tarde. Solo se oía el roce de los pliegos con los dedos, el del plegado de cada publicidad, el del ensobrado. Y todo bajo un emocionante silencio; porque a pesar de que nadie imaginaba qué depararían aquellos tres o cuatro mil impresos, algo inusual presentíamos, bueno, al menos yo. Llegó el día de partir hacia Ponferrada, en Junio. Nos quedaban diez horas de coche por delante. Salimos antes del amanecer. En esta ocasión se habían apuntado trece personas. Uau, ¡trece personas! Algunas venían por referencia del grupo de Semana Santa y otras, obviamente, porque les había tocado la lotería de que un solo impreso no hubiese muerto en la papelera antes de llegar a su destinatario. Fue la vez que aparecieron Quique Nión, Beatriz Álvarez y Victoria Jiménez. Victoria estaba entusiasmada al terminar el taller, se la veía vibrante, con una sonrisa hermosa y con unas ganas enormes de preguntarme. Me expresó que hizo lo posible por venir al primer encuentro, el de Semana Santa, pero al final se le complicó tanto la agenda que tuvo que desistir, aunque rogó a Dios entonces, según ella, que ojalá se organizase otro taller. El contenido del folleto la había ilusionado. A continuación, me hizo la pregunta: “¿Estarías dispuesto a que te presentara a una mujer en Madrid que organiza numerosos talleres”. Le respondí que sí. Este sí tampoco pasó por mi mente. Aquel verano estuvo lleno de más experiencias hermosas en el entorno familiar, en nuestra casa de montaña. Paseé muchas tardes por los bosques de roble y castaños, reflexionando -aún no había aprendido eso que se llama ahora “el sentir”-, celebrando mi compromiso con el corazón de las personas. Y esta es la conclusión a la que he llegado después de catorce años y varios miles de personas que han pasado por los talleres y campamentos ArtedeAmarte:

  1. Que la mente se apoya en la ilusión de éxito y el corazón en la certeza de ser útil.
  2. Que los comienzos están llenos de magia cuando la idea nace de un corazón entusiasta y se alinea con una vibración superior.
  3. Que la mente, lugar donde reside la dualidad, enreda demasiado en los momentos iniciales, dado que estamos bajo su control y no quiere perderlo bajo ninguna circunstancia.
  4. Que todos los corazones que comparten una misma idea se atraen como imanes y convergen en un espacio y un tiempo únicos.
  5. Que las resistencias que a menudo brotan durante el principio de todo proyecto son proporcionales a los apegos personales y constelares, siempre basados en miedos y fidelidades.
  6. Que el tiempo solo es el papel sobre el que se escribe la partitura de nuestras vidas; ésta la vamos creando a cada paso, con nuestras ideas, pensamientos y arrojo.
  7. Si vivimos solo en la mente rivalizamos contra todos, pero sobre todo contra nosotros. Si vivimos en el corazón danzamos y, finalmente, si el corazón vive en la mente es solo cuando cocreamos.