El pueblo de montaña se convirtió en una obsesión para nosotros. No nos importaba viajar con las niñas pequeñas durante diez horas, cuando la Vía de la Plata era una carretera tortuosa donde un camión tras otro parecía esperarnos detrás de la siguiente curva.

Luego, a lo largo de una década, la fueron convirtiendo en autopista e íbamos celebrando cada nuevo tramo. Como adelanté en el anterior post, llevaba tres años impartiendo talleres en Madrid. La gente se desplazaba desde cualquiera de los cuatro puntos cardinales para asistir a algo que ni era pedagogía, ni era psicología, ni religión o charlas motivacionales; la gente comenzó a decir que era una sanación del alma. A los talleres venían todo tipo de personas con todo tipo de profesiones. Entraban en la sala psicólogos, pedagogos, maestros, trabajadores sociales, empresarios, amas de casa en paro, o bien maltratadas, médicos hartos de un sistema que no les satisfacía, enfermeras, militares, conservadores, progresistas, sin ideología, independentistas y militares. Todos se abrazaban en algún momento para celebrar, entre otras cosas, nuestro paso por la vida. Luego, cada uno a su casa. También recuerdo que había personas que tomaban un avión desde otros países de Europa o cruzaban los Pirineos desde Francia cuando los talleres se organizaban cerca de la frontera. El último año antes de dejar la dirección del colegio fue realmente agotador. Tenía que compaginar tres labores: mi puesto en el aula de Pedagogía Terapéutica, el de director novato en el centro y el de los talleres durante los fines de semana, que normalmente se organizaban dos veces al mes. A veces el agotamiento era tan grande que en un par de ocasiones llegué a quedarme dormido con la cabeza apoyada en el cristal de la ventana del AVE, el popular tren de alta velocidad. Siempre me despertaba algún pasajero con amabilidad, que al ver en mitad del trasiego de gente cogiendo maletas para apaerse, sentía piedad y me movía ligeramente el hombro. Yo abría los ojos en mitad de la desorientación. ¿Dónde estaba? ¿En el colegio? ¿Llegando a Madrid? ¿Llegando a Sevilla? El número máximo de personas que yo permitía en cada taller era de veintidós. En cierta ocasión sucedió que más de un padre y de una madre comenzaron a preguntarme si podrían asistir sus hijos. Ellos ya habían venido una o dos veces a lo largo de un año (en este sentido quiero aclarar que establecí la norma inflexible de que si alguien venía a un taller, al menos debía esperar un año para asistir de nuevo. Comencé descubrir gente que se enganchaba con bastante facilidad y no integraban los procesos o las vivencias). La idea de que asistieran chicos y adultos juntos me pareció una manera de experimentar nuevas posibilidades. El amor tiene un potencial armonizador, pensé. Sin embargo, al final, no funcionó como yo esperaba, porque descubrí que entre la intención de los chicos y las de sus padres había un abismo. Los chicos se lo tomaron como un campamento y los padres, en general, querían saltarse la adolescencia de sus hijos. De todas maneras aquel fin de semana tuvo su para qué. No lo desvelé hasta un año después. Ello se convirtió en una semilla, una idea realmente brillante. Llegó el momento de dejar Sevilla. Nos marcharnos al norte. Habíamos tomado la decisión de cambiar una ciudad de un millón de habitantes, con todo su caos, contaminación y compromisos irrenunciables, por un pueblecito perdido de quince habitantes durante la estación invernal. Nos fuimos. Nos fuimos. Nos fuimos… Resultó fácil para nosotros, pero difícil para los familiares y abuelos. Ellos veían una decisión del todo incomprensible: ¿dejar nuestro puestos en el colegio y en la universidad?, ¿nuestra casa con piscina?, ¿nuestras amistades…? Es decir, nuestra zona de confort. Hubo hasta presiones, que por supuesto no funcionaron. También fue duro para las niñas, sobre todo para la mayor, que ya era adolescente. Algún día contaré con detalle este apartado porque me parece interesante; me refiero a cómo nos enfrentamos -y resolvimos- el torbellino de fuerzas y energías que se resistieron a nuestro cambio. Siempre que alguien o algo quiere cambiar de estatus aparecen fuerzas contrarias que intentarán impedírselo. En realidad es un proceso sencillo de entender. El proceso de resolución fue tan mágico como otros, pero duró un año. No me cabe la menor duda que había muchas fuerzas invisibles conspirando a favor, la principal era nuestra ilusión y determinación, luego venía la de cielos. Como era obvio durante el primer año de estancia en el pueblo cambié los viajes del AVE por los del coche. Al cambiar de emplazamiento, todo tenía que reorganizarse no sólo por nuestra parte, sino energéticamente. Cambiar la manera de pensar implica que el entorno cambia ante tus ojos. Sin esperarlo, muchos alumnos que habían venido a los talleres de Madrid, ahora querían organizarlos en sus ciudades y pueblos. Los viajes eran muy largos, de siete horas como mínimo. Pero disfrutaba bastante. Aún me encanta conducir. Si me lo podía permitir, me levantaba a las cinco de la madrugada para ver amanecer desde mi vehículo. Mientras, a la espera de los primeros albores de la mañana, en el silencio del interior, conectaba los temas musicales que me transportaban, por momentos, a dimensiones superiores. Escuchaba kilómetro tras kilómetro la magia ancestral de la canadiense Loreena Mckennitt; la música cristal del alemán Deuter; el gregoriano de Dan Gibson, con su reverente sacralidad hacia la Madre Tierra; o bien, el dúo irlandés-noruego The Secret Garden, con su música para soñar. En otras ocasiones el silencio o runrún del motor entraba en resonancia con el Ommmm sagrado y me permitía entrar en meditación, esto era solo cuando regresaba de algún curso. Sí, sí, sí, meditar mientras conducía…, pero con los ojos abiertos, claro. Hasta que la mente controladora se sobresaltaba cuando caía en la cuenta de lo que estaba sucediendo. “Oh, Dios, que estoy en León ya, pero si el último lugar del que soy consciente era Burgos. ¿Dónde quedaron los ciento ochenta kilómetros desde Burgos a León?”. No recordaba haber adelantado ni un camión, ni haberme desviado… Finalmente terminé por aceptar que estas y otras cosas, incluso más extrañas, me sucedían. Cuando terminó el verano, todos los turistas se marcharon y el pueblo se quedó solitario, con sus quince habitantes perennes, entre ellos nosotros cuatro. Quedaban diez meses para organizarnos en el nuevo lugar y nos fuimos adaptando a la vida de montaña con las niñas y con Toby Manuel, nuestro perro, que fue el que más disfrutó del cambio. Un día de septiembre Alicia me preguntó lo siguiente:Chema, ni a ti ni a mí nos dan una plaza en la administración de esta zona. ¿Qué vamos a hacer?” Le respondí que ni me darían una plaza ni la quería porque mi intención estaba puesta en crear algo nuevo. Al final terminé por responderle lo siguiente: El próximo verano organizaré unos campamentos con la filosofía de los talleres y se llamarán Campamentos ArtedeAmarte. Serán de naturaleza holística.¿Holística…?” Pasó el otoño, luego llegaron las nieves y las celebramos como niños. Finalmente llegó la primavera y de nuevo comenzó el baile de cifras con los matriculados, con multitud de llamadas de madres que querían una, dos y hasta cuatro aclaraciones de unos campamentos que, por un lado, les parecían muy interesantes, pero, por otro, generaban mucha desconfianza. Nos enteramos con el paso del tiempo que muchos padres albergaban grandes dudas para enviar a sus hijos: que si aquello podría ser una página pirata donde después de hacer el ingreso resultaría que no existía nada; que si podríamos ser una secta; que la madre quería pero el padre no; que resultaba difícil creer que los chicos al final de los campamentos llegasen en el taller de meditación a quince o veinte minutos con los ojos cerrados. La desconfianza y las anécdotas darían para escribir un libro. Bueno, la realidad tomó forma a medida que nos acercábamos al nuevo verano. Poco antes de dar comienzo no tuvimos más remedio que llamar a los padres para suprimir el segundo campamento. Solo había cinco chicos matriculados en él. A cambio les sugerimos que los matricularan en el primero. Todos aceptaron sin dudarlo porque, en realidad, todos me conocían de los talleres ArtedeAmarte. Conseguimos concentrar trece chicos (reconozco que incluí a la pequeña de mis hijas para aumentar el número), números altamente significativos porque el primer taller de ArtedeAmarte que organicé en el mismo lugar cuatro años antes tenía cinco participantes y el segundo trece. Aquí el segundo campamento tenía cinco chicos y el primero trece. Esta era una más de las sincronicidades que brotarían a menudo como faro de orientación durante el proceso que había comenzado. El único campamento acabó a mediados de julio. El último día, organizamos una fiesta en compañía de los padres y madres. Me maravillé de lo radiantes que estaban sus hijos. Comprendí en ese momento que, a pesar de la dificultad que conllevan los inicios, los campamentos no habían hecho más que comenzar. Al al año siguiente organicé de nuevo otros dos: se llevaron a cabo. Al tercer año, tres campamentos: se completaron. Al cuarto año, tres de chicos y uno de adultos, en total cuatro. Fue en este año en el que comenzaron las listas de espera. Seis años después, al ver que el cincuenta por cientos de los chicos o, incluso más, repetían, organicé dos niveles para los chicos y chicas, el Nivel Uno y el Nivel Dos; a este asistían los que habían repetido hasta tres veces en el Nivel Uno. De esta manera, nuestra vida en el pueblo fue tomando otro compás. Poco a poco los familiares fueron acercándose para comprobar que no vivíamos debajo de un puente. Todas nuestras necesidades estaban cubiertas. Algunos llegaron a reconocer que nuestro estilo de vida sí era de calidad, y que habíamos tenido un enorme valor por dar el paso.