En los dos post anteriores he hablado de cómo nacieron los talleres y los campamentos en ArtedeAmarte, con cuatro años de diferencia entre el primero y el segundo.

En ellos también mencioné la valiosa ayuda de mi familia y otras personas durante esos comienzos. Sin embargo, no escribí sobre Toby Manuel, el ser que me conectó con el mundo de los perros, luego con el mundo de los animales y, por extensión, con la Madre Tierra. Toby Manuel no era un perro con pedigrí, qué va, era un chucho cruzado con perro de agua y bretón. Aún recuerdo el primer día que llegó a casa. Cuando nos sentamos para comer, y el trepó como pudo a la silla, apoyó sus patas delanteras sobre la mesa y comenzó a mirarnos con una enorme sonrisa, como si nos preguntara, “pero bueno, ¿dónde está mi plato de comida? Obviamente se llevó una decepción. Entre la mayoría de los adultos era conocido de oídas, cómo no, pero entre los chicos y chicas de los primeros dos años del campamento lo conocieron en persona. En persona, persona… no, digamos más bien en carne y hueso. Toby Manuel de rizos lanudos y de color blanco ceniza siempre asistió con un bozal, por precaución. En fin, su presencia en los campamentos sólo duró dos años; luego prohibí su participación, porque se volvió más arisco y alguna vez mordisqueaba a algún chico o se escapaba al monte donde nadie supo jamás a dónde iba ni cuando regresaba. Hace ya trece años, una mujer vidente, cuyas capacidades utilizaba la policía para buscar personas desaparecidas, me predijo que yo tendría un hijo llamado Manuel. La verdad es que era bastante complicado aceptarlo, por diferentes motivos que no voy a contar. Sin dudar que la vidente tuviese una intuición acertada, porque quién sabe las vueltas que da la vida, me lo tomé con cierta flema. Cuando llegué a casa, nada más entrar vi al cochorro de Toby y se me ocurrió preguntarle: “Ay, ¿no serás tú Manuel? Baaah, en todo caso Toby Manuel”. Así que a partir de ese momento fue el nombre que añadía cuando me presentaba al principio de cada taller. “Y tengo un perro que se llama Toby Manuel”. Mi mujer aún suele contar a nuestras amistades que resultaba llamativa la forma en la que yo lo acariciaba durante los primeros tiempos, después de que mis hijas lo salvaran del sacrificio junto con sus hermanos de camada. Ella siempre describe que cuando lo tocaba era cómo si escarbase con un dedo sobre su lomo. Y era cierto. Había una razón de peso. Durante muchos años, guardé un enorme respeto a los perros; bueno, con sinceridad, les tenía verdadero pánico. Quizá fuese porque a lo largo de mi niñez había sido mordido seriamente por dos de ellos, además de algún que otro acecho con gruñidos y colmillos amenazantes. Como se suele decir, olían mi miedo. Yo diría que… mi terror. Toby, o Toby Manuel, se percató desde el principio de que yo no sería un macho alfa demasiado empático. Todas las mujeres de casa le hacían carantoñas, menos yo, que entraba en ella como si no existiera. Por este motivo, y porque las chicas lo mimaron sin descanso, mantuvimos una distancia prudencial durante bastantes años. Como dije más arriba, los dos primeros campamentos los pasó Toby Manuel como uno más. Esperanza Álvarez, la directora del refugio para animales El Valle Encantado, en Madrid (famoso en el mundo, entre otras cosas, por el burrito al que le colocaron una prótesis en una de las patas delantera), asistió solo durante esos dos primeros años para enseñar a los niños otra manera de relacionarse con los animales. Ella traía varios animales y me instó a que incluyera a Toby durante los ejercicios. Yo me quedaba pasmado por la comunicación que Esperanza mantenía con ellos. Se puede decir que sin lugar a dudas era telepatía. Llegó incluso a percibir cómo se sentía Toby conmigo… Fue algo que me sorprendió porque ella no sabía nada de mi distante relación con él, pero su explicación tenía toda la lógica del mundo. Obviamente el que más interés tenía en los talleres de Esperanza era yo, pero no hubo manera humana, ni perruna, de conectarnos entre sí. Quien sí lo hizo siete años después fue otra amiga que tenía casa en el pueblo y venía desde Madrid algunos fines de semana. Hablando con ella durante una cena compartí un sueño que había tenido la noche anterior. La conversación derivó en otra… y en otra, hasta que ella hiló finamente con su intuición y dedujo algo más profundo que el rechazo mutuo entre los perros y yo. “Tu problema no es solo con los perros, es con el reino animal y hasta… con la Madre Tierra. Y Toby es una gran oportunidad para sanar esto”, me dijo. Me sentí muy identificado con su afirmación, y sentí que algo trascendental iba a suceder aquella noche. Con algo de ansiedad le pregunté qué podía hacer. Conectaba muy bien con el dolor de las personas, les ayudaba a ver sus entresijos, sus problemas, las soluciones, pero era incapaz de arreglar esto. ¿Para qué me pasa esto?, me pregunté. La pregunta debió abrir una puerta, porque a continuación ella sonrió y con una voz susurrante, delante de las seis personas que formábamos el grupo, me dijo que esa misma noche, cuando regresara a casa, tomara a Toby Manuel entre mis brazos y rodara por el suelo con él, sin soltarlo. No lo dudé. Dos horas más tarde estaba en casa. Tomé a Toby y le hablé. Tras el número de perro y dueño rodando por los suelos, tuve varios fogonazos de clarividencia. Descubrí por mí mismo cómo me veía Toby Manuel. Me costó zafarme de una pena que ya me estaba pareciendo ancestral. Tengo la certeza de que aquella noche comenzó un cambio trascendental en mi alma. Más que abrazar a un perro, abrazaba a uno de los hijos de Madre Tierra; además, que si yo también era hijo de ella, entonces Toby Manuel y yo éramos hermanos. Así lo sentí cuando lo miré finalmente a los ojos. Muchas cosas cambiaron en mi relación con la Tierra, tantas que algunas podría clasificarlas de milagrosas, pero… de eso escribiré otro día en nuestro blog. Hace tan solo un mes a Toby se le detectó una leucemia severa. El veterinario le dijo a mi hija la pequeña, la persona con la que ha convivido felizmente con él durante los tres últimos años que le pronosticaba tres meses de vida. Se equivocó. Solo un mes después, la pequeña nos llamó a Centroamérica para decirnos que estaba angustiada y que necesitaba compartir su decisión, la de ponerle una inyección mortal, para que Toby no tuviese una muerte dolorosa. Hablé con mi hija y le pregunté si sabía lo que tenía que hacer. Me contestó que sí, que lo había aprendido en los campamentos. El día antes de llevarlo al veterinario, M le habló a Toby Manuel en el dormitorio de su casa. Los dos permanecían tumbados sobre la cama, con M acariciándole su pelo lanudo. M le explicó lo que iba a hacer con él, le rogó perdón, por eso y por si había algo que le hubiese molestado durante sus quince años de vida, le recordó algunos de los momentos memorables y le dio las gracias en su nombre y en nombre de toda la familia. Toby Manuel le dio las gracias a M, y a toda la familia. Le dijo que él no estaba preocupado, que los animales aceptaban de mejor grado que los humanos cuándo llegaba el final de una etapa, o la más importante de todas, cuándo llegaba el momento de desencarnar. Él lo veía como una necesidad, no como una desgracia. Ni estoy bien ni estoy mal; es lo que debe ser, le transmitió a mi hija. Toby Manuel murió la semana pasada. Debo confesar que mi despedida de Toby Manuel la hice desde Centroamérica, donde resido parte del año. Sin embargo, durante los campamentos de chicos o de familias he valorado la posibilidad de repetirla, sobre todo para enseñarles a ellos. Los maestros o los sabios no solo son los humanos; los animales también están aquí para facilitar nuestra evolución como almas.