Este es el comentario más repetido que he escuchado: “Vaya suerte hemos tenido. Este grupo ha sido genial”

Más o menos la idea que se desprende de esta frase es la siguiente: un sorprendente azar ha venido sucediéndose a lo largo de los treinta y cuatro campamentos que se han organizado hasta la fecha, incluidos los campamentos de adultos. Por lo visto fue esa infinita casualidad la que permitió una indudable armonía entre adolescentes o adultos residentes a cientos o miles de kilómetros, y donde cada uno llegó con su particular conciencia.

A menudo respondía con una explicación breve de la siguiente manera: “que no no son así las cosas”. Otras veces sí me explayaba en los talleres del Niño Interior con explicaciones y ejemplos. Pero pronto me cansé y preferí callar.

Yo no creo en el azar, para nada. Creo que las cosas se atraen porque confeccionamos una voluntad que interactúa con otras personas, circunstancias y hasta objetos. Esa voluntad genera campos y los campos resuenan entre sí, más allá del tiempo y del espacio, al menos del que conocemos. Es algo con lo que vivo a diario.

El campo de energía que se crea en el campamento se llama Amor; su principal atributo es la unión, y es esta extraordinaria cualidad la que permite que personas tan dispares encuentren aspectos misteriosamente coincidentes. Si narrásemos la infinidad de sincronicidades compartidas durante los talleres, por no hablar de las silenciadas, podrías sentir vértigo. Esta es la base sobre la que ha crecido este programa, con toda una cohorte de ejercicios, talleres y personas.

¿He dicho sincronicidad? Es una de las palabras estrella. Por si acaso te la aclaro: concepto que correspondería a un tercer paso en el conjunto de las interacciones entre las personas. O sea, después del azar y la suerte vendría la sincronicidad como el encuentro de dos eventos casuales con un significado subjetivo. Dejo las definiciones y las filosofías… que no quiero aburrirte.

La mayoría de los chicos y chicas del Nivel 2 ya no se sorprenden tanto por este tipo de señales sincrónicas. Simplemente trabajan con ellas. Saben que el azar fue desterrado hace tiempo de sus vidas. Dado que algunos poseen mayor conciencia sobre estas experiencias pueden contrastar y extraer mejores enseñanzas. El azar pertenece a una conciencia de tercera dimensión. La sincronicidad comienza a brillar en la cuarta, un nivel superior de percepción en el cual descubrimos paulatinamente que no estamos tan separados de todo lo demás, ni siquiera de la naturaleza.

Obviamente resulta que la mayoría de los asistentes piense que esa experiencia de felicidad proviene del exterior porque estamos – por supuesto me incluyo,- atados a las exigencias de un ego que quiere sobrevivir a través de un control absoluto y usa de sus cualidades primordiales: la proyección sobre todo lo demás.

Por eso es es habitual que el grupo proyecte -me sigo incluyendo- el origen de su felicidad, que brota a ratos o por días, de la siguiente manera: unos encuentran una conexión profunda con la naturaleza, otros se enamoran, otros también encuentra un puente a través de la alimentación consciente, con las noches plácidas donde el manto de estrellas te abraza y te protege hasta de las dudas, o con el relumbrón inequívoco que debes dedicarte el próximo año no a la carrera de Biología, sino a la de Fisioterapia, dado que entras en la universidad, ah, que le vas a decir a tu madre que te cambie de colegio porque ya no tienes por qué soportar más el bulling, o que el bulling lo atraes tú con tus miedos y tu baja autoestima, pero que te saquen en cualquier caso, que confías en que todo esta bien y es adecuado para tu crecimiento, que no hay temor de que se apague esa sensación de familia armoniosa que vives durante tu estancia, esa brisa que fluye a diario por el campamento, que al fin sacaste de tu interior el ascua que te quemaba, sin que nadie te obligase, que las sincronicidades te han cambiado la visión de la vida hasta el punto de sopesar el hecho de que todo está entrelazado… que te relajas y dejas de sospechar de la supuesta secta a la que venías solo por el mero hecho de que alguien te dijo que se hablaba de emociones, de meditación o de energía. Oh, qué suspiro, quizá estés atrapado por otra cosa: la idea de que es una secta porque es verdad que se aparta de la norma establecida, y encima te hace sospechosamente feliz. Es irónico que los sitios donde te hacen feliz sean etiquetados de sectarios. ¿Terminarán los felices formando parte de una gran secta mundial?

En cualquier caso, no resulta difícil imaginar qué sucede cuando la expresión de tanto descubrimiento se comparte a lo largo de días: UNA DANZA. Sí, este Amor es el arte de danzar con todo lo demás -incluida la naturaleza- para encontrar lo que siempre estuvo en ti, tu Verdadera Identidad, y no ese ego que te las hace pasar canutas.

Y para terminar: ¿qué pintan los adultos? ¿Están exentos de esta gloria? Pues no. Su papel es el de abrir en este espacio de Amor la puerta de tu alma que favorezca el trasvase de esa chispa necesaria de luz. Siempre me acuerdo en este momento de esa metáfora en la que una llama prende a otra. Porque si quieres enseñar sabiamente, no puedes favorecer en otros algo que no has conquistado primero en ti. Imposible. En fin, los adultos también forman parte íntima de la familia y reciben llamas de los más jóvenes. ¿Cómo no? Hasta en esto esa pedagogía del Amor nos vuelve iguales y nos pone a la misma altura.

Después de todo esto, deberías reflexionar si es el azar el que genera este espacio. Después de todo me pregunto si esta Conciencia Amor no será la de la vuelta a Casa, no en el más allá, sino aquí y ahora, por siempre.

Josemaría Garzón
ArtedeAmarte.net