Para la mayoría de los adultos, bien sean educadores o padres, la realidad que cuentan los chicos al volver a casa sobre la meditación resulta en muchos casos una utopía. ¿Qué niño, que jamás para en un sitio más de dos minutos, alcanza los veinte al final del campamento? Y, encima, solo siente serenidad.

Al principio, mediante un juego se reta al grupo, más bien a la persona, de que el objetivo es llegar a veinte minutos de meditación. Es lógico que solamos fraccionar los tiempos por una cuestión de mera pedagogía: dos minutos… y breve parada; cinco minutos… y breve parada. “Ya tenemos siete minutos en total, chicos. Mañana, más”, les expresa con entusiasmo el coordinador de meditación. También es preciso aplicar otra pedagogía de la meditación con alguno porque no hay manera de que cierre los ojos ni un segundo, ya que siente miedo.

Solo los nuevos no han meditado jamás. Los repetidores ya lo hicieron el año anterior, y de estos, quizás, solo un diez por ciento hayan meditado en el hogar alguna vez. ¿Qué favorece esta práctica aquí? Quizá sea algo tan simple como el hecho de asumir que eso es lo que toca hacer. Sin más. Hay en el ambiente, en la decoración minimalista de la sala, en las cortinas que se deslizan para crear un ámbito de paz, en la disposición en círculo de las treinta y cuatro personas -incluidos los cuatro adultos- algo que predispone, un silencio sostenido que invita al taller.

Los chicos nuevos, por muy inquietos que sean, hacen lo que ven, y si se remueven demasiado sobre la silla, si a menudo abren los ojos para controlar a los demás, se acerca un monitor o monitora, en medio de la penumbra y le coloca una mano en el hombro, o bien, en la espalda, en la frente o en la nuca…, con mucho amor. Es una manera de expresar a la mente alterada y a la conciencia del cuerpo lo siguiente: “Calma, no estás solo”.

De manera gradual van sumando minutos cada mañana hasta que los tiempos se van enlazando como las cuentas de un hermoso collar de perlas. Nadie te amenaza, solo tus pensamientos. Descubres que eres capaz de sentarte en la silla o en el suelo con las piernas cruzadas y permanecer a solas con tu vaivén de pensamientos. El ruido mental es incesante, pero poco a poco se ralentiza. Algunos encuentran que hay una relación entre la serenidad emocional y ese taller llamado meditación, entre la no actividad física y la mitigación del flujo de pensamientos.

Lo que parece al principio una prueba de resistencia se convierte en un momento de paz con uno mismo.

Y en ese ámbito de paz es normal llegar a sentir segundos o minutos inenarrables. Por ejemplo, llegas a expresar experiencias como esta: poco a poco dejé de sentir las piernas, luego… los brazos, era como si yo fuese mucho más que mi cuerpo; otros expresan que se sintieron por un breve instante ¡fuera del cuerpo! A veces, un monitor observa que las lágrimas de un chico discurren por sus mejillas. De nuevo se acerca y se le pregunta: ¿Quieres continuar? La pregunta es oportuna: lo que hay dentro es demasiado duro. Resulta que estaba ahí guardado sin saberlo…, y ahora brota. De nuevo se usa la pedagogía de lo trascendente: “Intenta observar sin analizar, como quien ve una película que no va contigo. Ya verás qué milagro”, se le susurra al oído.

La meditación es una herramienta no de carácter religioso, sino espiritual, con ella se llega a tocar ese espíritu que nos sostiene desde dentro, no desde fuera. Los libros son necesarios, la cultura, el cine o los WhatsApps, en su justa medida. Sin embargo, desde esta perspectiva, estas no son más que las proyecciones de esa verdad, donde la vida es la mejor pantalla en 3D que jamás nadie hubiese imaginado. ¿Y si en vez de identificarte con el reflejo externo pudieses llegar a la fuente que todo ser posee en el interior? ¿Y si la meditación fuese una de las más valiosas? En cualquier caso, la didáctica de la meditación se aplica desde el juego.

Al terminar, cuando abres los ojos al cabo de quince o veinte minutos te encuentras más unido que nunca. Aparecen emociones nuevas, quizá olvidadas: es algo que no sabes explicar del todo, pero te ha acercado a la conciencia de hermandad con el grupo y hasta con la humanidad. Nadie te educó, nadie te instruyó y mucho menos te adoctrinó: algo emergió desde las profundidades de ti. Se siente empatía por la chica que no me caía bien al principio, por el bromista de turno en las literas o en las duchas. Te acercas a ellos y les das un abrazo con las puertas abiertas de par en par. El otro, en ese momento, puede que se vea; y si lo consigue será a través de ti.

Al final del taller, el silencio no se pierde. Saben que después jugarán, saben que el día posee sus momentos y ahora toca permanecer en el recinto sagrado del taller. Hay una atmósfera de paz en la sala que nadie desea romper. Solo lo consiguen el roce de las zapatillas sobre el suelo cuando ha terminado la práctica, algún rechino de la pata de una silla o el murmullo de uno de los chicos charlando con otro en la terraza.

Aquí se enseña que la paz del mundo comienza cuando tú muestras la paz que tú ya posees. Y esa paz despierta también con la meditación.