El niño interior es hijo de la verdad, y ésta la expresamos a través de nuestro corazón. Si estamos bien, es porque el niño interior está bien; si estamos mal, él estará mal. Tan simple y tan complejo a la vez.

El niño interior posee la alegría y el enfado, la creatividad y la rutina, el amor y el odio; todo a la vez en una dualidad que tú debes resolver. En eso consiste toda la batalla interior.

El niño interior es el puente con lo Divino. Es más, si hay algo Divino en las personas, él lo tiene. Si hay alguna sabiduría en los humanos, él la tiene. El niño interior es la razón fundamental de tu existencia. En él convergen tus necesidades individuales, las colectivas y hasta las del planeta.

El código fundamental para encontrarlo es cambiar el rumbo de nuestro enfoque: en vez de mirar lo de fuera, que es pura ilusión, debes mirar tu interior, pues es él quien emite la película sobre una pantalla llamada Vida. El daño que te inflige el chico del que te enamoraste o la chica que juega con el otro para darte celos lo proyecta tu niño en tu mente.

Si el ego, esa personalidad en parte herida, termina por rendirse, entonces la cara alegre del niño te dará la mano. Y este, a su vez, se la dará al niño cuántico, que es el tercer eslabón que nos faltaba y al que muy pocos en la vida acceden. Aunque siempre estuvo ahí, esperando. Al final, si consigues abrirte a la totalidad, el niño cuántico te ofrecerá su mano y se cerrará el círculo. Será el momento único donde aparecerá un vislumbre de lo grande que eres, descubrirás que tú formas parte de todas las cosas, que no estabas solo, ni abandonado, que el reconocimiento que habías buscado no era más que la fragmentación que te ofrecía tu ego.

Él niño cuántico, pues, es la potencialidad que existe en ti, él es todas las posibilidades dispuestas a manifestarse si tú, el humano, se lo permites. Él emerge hasta encontrarse con su contraparte humana para decirle lo siguiente: yo soy la morada donde todo relumbra.

Te repito el proceso: el camino de la felicidad comienza cuando tú crees en ti mismo; ahí se emprende el rescate de tu niño interior, de tus heridas más hondas. A su vez, si tú crees en él abriréis la puerta al niño cuántico. Tú eres la tierra, el niño interior es la planta y el cuántico el fruto. La semilla solo necesita de ti que sea regada con “atenciones de amor”; sin ellas no hay germinación posible de la planta.

El niño interior busca, como niño que es, el juego, la espontaneidad, la creatividad, el arrojo, la convivencia, la paz, la seguridad, pero también el abrazo, la atención serena, el apoyo incondicional, tu presencia segura, es decir que sepa que siempre estarás. ¿Para qué? Para crecer y manifestarse. Es exactamente lo mismo que una madre hace con su hijo pequeño. Estas son las atenciones de amor. Él, a cambio, te aporta su magia, esa de la que todos hablan cuando conectan con él.

Recordarás cuando entre los amigos alguien dijo “¿a que no somos capaces de conseguir…?”. Fue el niño interior el que lo dijo, no tú. Y con ello entreabre -como te decía- la puerta al tercero, al niño cuántico: él representa el avance y la utopía que abre mundos nuevos, aquí, no en galaxias lejanas. Él es expresión del amor. ¿Ves ahora la forma de la cadena? Todo comienza en ti.

¿Te cuesta trabajo entenderlo? A ver, bueno, lo hago de otra manera más visible. Cuando tu aura se atasca en algunas partes como consecuencia de experiencias negativas (o de herencias familiares, o porque ya lo traías) hablamos de un niño interior atascado… ahí, en ese lugar concreto. Esa parte afectará necesariamente a un área de tu vida específica. “Siempre me pasa lo mismo”, repites con resignación, y es porque no sabes que ello es la consecuencia de algo que no se puede buscar con los sentidos habituales sino con una atención reenfocada. Esa parte donde la energía aparece colapsada habla de una herida específica del niño interior. ¿Quién la produjo? En otro post te contaré como llevarlo a cabo. “Siempre me pasa lo mismo” significa que esa porción de conciencia atascada en tu aura está recreando en la vida situaciones propias de lo que representa.

Esa parte mental que dice “siempre me pasa lo mismo” necesita un enfoque diferente que penetre en la energía atascada. Para ello necesita tu atención amorosa, tu arrojo.

Ocurre que cuando ya has sanado esa herida -cosa que raramente sucede de un día para otro- se diluirá hasta disolverse. Entonces tu aura en esa zona fluirá por fin libre. Con palabras más precisas: si hay movimiento aparece la Vida a tu alrededor.

Quizá ahora, si lo lees otra vez, lo encuentres más encantador.

Josemaría Garzón
ArtedeAmarte.net