La Pedagogía de la Mesa surgió durante el tercer verano de campamentos. Madre mía, ya han pasado veranos. Comprobé que el buen clima que existía durante los talleres de la mañana, o bien, durante las salidas se esfumaba nada más que los chicos se sentaban en la mesa. Y eso me estresaba porque entendía que el campamento debía ser un todo; no debían existir islas donde los chicos y chicas fueran controlados por los viejos patrones que traían de casa o de la escuela.

De todas maneras, los adultos contribuían a mantener el modelo a través de un círculo vicioso. Mientras había vigilancia todo se desarrollaba más o menos bien, pero si esa vigilancia desaparecía, entonces el vocerío aumentaba a unos niveles realmente sorprendentes; y si durante ese campamento teníamos a un chico especialmente rebelde o juguetón, la situación sobrepasaba unos límites intolerables. El escenario iba “in crescendo” gracias a mi complicidad, algo que me exasperaba más y me sacaba del buen rollo que existía a lo largo del día.

Los monitores, la mayoría de las veces, como no se hacían oír en sus coloquios de mesa, elevaban más la voz y, claro, ellos tenían voces más graves que sobrepasaban en intensidad a las de los chicos, con lo cual yo me molestaba. Luego, en las reuniones, les reprochaba que no diesen ejemplo. ¿Qué sucedía entonces? Que ellos me miraban con cara de extrañeza, como si se preguntaran “este de qué planeta viene… qué es lo que quiere… pero si estamos en la mesa… y a la hora de la mesa esto ha sido siempre así… vaya si es rarito”. Era un proceso cíclico que terminaba, o volvía a comenzar, cuando alguna vez yo no tenía más remedio que vociferar en mitad del comedor: “¡Silencio, por favor…!”.

A veces arrojaba la toalla cuando me veía como un eslabón más de la cadena y me convertía en una especie de vigilante o de guardia de prisiones. En ese momento, me metía en mi plato de comida y repetía no sé cuántas veces: “Tengo que encontrar una solución a esto… tiene que haber un camino… las cosas pueden cambiar… ¿que las cosas siempre han sido así?… y qué… tengo que encontrar una solución… qué te apuestas que encontramos un remedio a esta situación. Ya verás Josemari como aparece una solución, aunque no exista”. Los monitores permanecían enfrascados en una dinámica parecida de charanga; con toda seguridad porque eso era a lo que estaban habituados en muchos de los campamentos y comedores donde habían trabajado.

Pero la solución no llegó inmediatamente. El problema lo teníamos -lo tenía yo, claro- desde hacía dos años, y tardó cinco meses en venir una respuesta, cuando comencé a preparar los campamentos del siguiente año, y no fue porque me pusiera cartas en el asunto. Simplemente emergió. Pero no cabe duda de que la intención y la atención hicieron su trabajo.

Durante las meditaciones siempre veía una miga de pan volando de una mesa a otra. Esa imagen la presencié durante una de las cenas del segundo campamento del último año. En realidad, esa había sido la gota que colmó no un vaso, sino una piscina de paciencia y desconcierto: vivencias hermosas, por un lado, caos y ruido, por otro. El gesto lo sentí como una punzada, como un “tienes que hacer algo”. Sobre todo, por mera cuestión de supervivencia, la mía, la de mi paz.

Fue a principios del año siguiente cuando apareció una solución imprevista. Una mañana de finales de enero me fui a pasear por las montañas de mi casa. Había nevado días atrás y quería disfrutar del silencio… o de los sonidos aislados que se plasmaban en esa pausa de eternidad que representa el invierno. Aunque apenas se veía vida, el graznido de una corneja y el crujido de mis botas sobre una suave capa de nieve bajo mis botas me producía un placer pleno de ecos personales. Era una más de esas caminatas que yo llamo de conexión. En la mochila llevaba un bocadillo y una pequeña toalla para protegerme si me sentaba sobre una roca para meditar.

Como decía, la blancura del bosque se mezclaba con el silencio, a veces roto, por el graznido repetitivo de dos grajos que cruzaban en pareja el cielo, en dirección a otra época. A estas sensaciones, que me vinculaban hondamente a mi alma, venía a mezclarse el recuerdo de los campamentos, me refiero, al jaleo y las bromas que se gastaban los chicos durante las comidas. Extraje la toalla de la mochila, la doblé y, después de limpiar un dedo de nieve en una roca conocida, en la base del viejo castaño situado en la senda de Compludo, la coloqué a modo de cojín protector.

En medio de aquellas soledades me dejé fluir, contemplé con calma la secuencia de imágenes en mi mente. De repente, vislumbré un fogonazo interior. Era de tal claridad que lo sentí como si fuera una revelación. En un tiempo impreciso, pero corto, una información se desplegó desde mi interior como si fuera una rosa abriéndose por primera vez.

Digamos que el paquete de conciencia venía a transmitir no solo información, sino la vivencia: Si la filosofía ArtedeAmarte hablaba de amor hacia uno y hacia los demás, ¿acaso en ese “los demás” no estaba incluida la Madre Tierra? Y comida y Madre Tierra, ¿no estaban relacionados? Eres tú el que no ha conectado ambas cosas”. Sentí.

Una segunda emanación sobrevino al rato, mientras la mente bailaba con la conciencia anterior. “Es una cuestión de atención, de atender a lo que está presente en el momento. Si estás comiendo, debes estar comiendo y atento a todo lo que la mesa y la comida llevan implícitos. Si estás en un taller, debes estar presente en el taller, de esta manera el taller y tú os convertís en uno solo, en una vivencia, como un regalo que se autogenera y se retroalimenta”.

 

 

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Josemaría Garzón