En el ámbito familiar, las comidas son el momento en el cual todos los familiares se reúnen para compartir alimentos. ¿Solo alimentos? Mucho más. En sí misma la mesa es una olla donde se cuecen muchas experiencias y hasta acontecen, en más de una ocasión, desenlaces inesperados que dejan marcas indelebles. Por ocurrir… ocurren hasta enamoramientos. No obstante, el aspecto negativo de la vivencia es el que deseo contarte para que tomes conciencia de algo transcendental. La mesa es una especie de altar donde lo mismo se reverencia, se celebra o se ofrece en holocausto.

De alguna manera hablaré de ti: ¿Quién no ha sido advertido, amonestado o sermoneado a la hora de la comida? ¿Quién no presenció una bronca hacia un hermano o hacia sí mismo? ¿Quiénes no han observado con estupor desavenencias entre padres y madres durante las mismas? O peor, algún altercado serio entre ellos. ¿Quién no ha escuchado a uno de los padres rumiar problemas o resentimientos en relación a sus familias maternas, es decir, la de los abuelos y tíos? ¿Quién no escuchó una llamada intempestiva por teléfono que puso como un puerco espín a su madre mientras se le veía marcada en el cuello una de sus venas? En definitiva, ¿quién no “se ha comido” a la hora de la mesa rabias, lágrimas o silencios de angustia?

Pues si esto ha sido así, ¿tan difícil es pensar que los problemas emocionales se cristalizan en alergias a través de un dinámica llamada psicosomática? Alergias y asmas van de la mano con las emociones vividas en la inmensa mayoría de los casos. La causa es la experiencia emocional y no el alimento. A partir de un cierto instante, uno de los alimentos se convirtió en el vehículo, aunque los médicos -nadie les va a quitar la razón- lo nombren como alérgeno. Ellos están en el nivel que les toca y yo te hablo en el nivel que nos toca.

En un grupo de comensales como es el de los campamentos también suceden muchas interacciones, más de las que pudiésemos imaginar, unas positivas, la mayoría, pero también hay otras negativas. Ya te he contado en el primer post de la Pedagogía de la Mesa (1/4) como nació la idea del cambio y en otro que vendrá después escribiré de cómo organizamos esta experiencia para que se convirtiera a partir del cuarto año en algo tan positivo como enriquecedor.

Ahondo en la presentación. En cualquier comedor escolar o banquete, normalmente familiar, lo primero que surge es una necesidad visceral por comer, está claro, ¿verdad? Primero comienzas a segregar saliva porque los estímulos visuales y olfativos te impelen a ello. El cuerpo viene a decir “ya es la hora, venga órganos, a trabajar”. Sin embargo, la ingesta no es solo de alimentos, sino emocional y hasta energética. La interacción con el entorno en este caso es apabullante y queda reforzada por el placer que produce comer.

Tanto es así que durante las comidas de grupo surgen risas, risotadas o… risitas, etiquetas, burlas, ninguneos y críticas, que, a su vez, pueden ser individuales, por parejas y en grupos, puntuales o sostenidas en el tiempo. Y lo que para unos es celebración para otros es un calvario. La única pedagogía que se aplica por parte de los adultos que vigilan el lugar es disciplinaria, o sea, controlar, reprochar u ordenar silencio. En el peor de los casos, gritar para que se les obedezca de vez en cuando. Casi como actuaba yo, en momentos aislados.

Quiero insistir en algo que seguro habrás visto en más de una ocasión si has tenido la oportunidad de asistir a comedores escolares o a campamentos. Las vejaciones recibidas por alguien tienen muchas escalas, pero también muchos niveles de tolerancia personal. Depende del lado desde donde lo mires. Sin embargo, cada una deja su huella por insignificante que sea. Están las personas infligidas, que se ríen junto con los bromistas, y desvían la situación con habilidad. Salen airosos porque cuentan con un grado innato de inteligencia emocional; luego tienes, en el otro extremo de la escala, los que no tienen herramientas de ningún tipo y, bien por sus características, por su apariencia, o porque lamentablemente alguien los ha puesto en la diana, padecen bullying. En medio, caminos llenos de colores, y de grises.

Hago una introducción tan extensa para continuar con el primer post por una simple razón. Este panorama de menosprecio -ya te conté- hacia la comida apareció durante los tres primeros años de campamentos ArtedeAmarte. Era normal: nadie había hecho nada diferente a lo que se hace alrededor de la mesa de comer. Así que, por mucho que te quejes, por mucho que insistas en resolverlo con tus soluciones, si no cambias algo, todo seguirá igual.

No obstante, el desconcierto se convirtió en una losa que tardó en desaparecer…, y fue cuando dejé la mente racional para entrar en otro nivel de percepción, uno más holístico. Olvidé tanta mentalización y dejé de indagar, y en vez de preguntarme, como cualquier mortal, por qué sucedían aquellas situaciones, comencé a preguntarme “para qué” estaban sucediendo. El contraste en el enfoque es tan llamativo que inevitablemente te permite aceptar que hablamos de dos dimensiones diferentes a la hora de abordar un conflicto.

Esa mera pregunta, breve, directa y no menos desconcertante para la mente culta que maneja experiencias de las cuales extraemos conclusiones, como la tuya y la mía, te puede lanzar a un espacio diferente de la realidad. En mi caso, tardé al menos cinco meses en encontrar la respuesta al “para qué”. Esa respuesta, te diría, más bien te habla de una percepción superior, de mayor vibración, y por lo tanto abre caminos diferentes. Una dimensión -no la única- del “para qué” es su sentido de conexión con un todo, con una Unidad de la que formas parte inextricablemente, no se trata, como en el caso de por qué de convertirte en una pieza ensamblada del problema, algo desconectado del todo. El para qué te lleva a otro ámbito de la conciencia.

Así que, si has leído el primer post relacionado con la Pedagogía de la Mesa (1/4), recordarás aquel día en mitad del bosque nevado, cuando te dije que sentado al pie de un castaño para meditar surgió un espontáneo brote de conciencia que me ofreció la solución a los jugueteos y bromas que rompían la cohesión de la filosofía de los campamentos ArtedeAmarte. Para qué sucedieron diferentes escenas relacionadas con el alboroto durante las comidas. Los para qués poseen más de un enfoque, tantos como personas; en mi caso, para entender que en un campamento de desarrollo interior, de gran conexión con los principios de la Madre Tierra, la comida estaba desconectada y debía entrar en una dimensión superior.

Bien, pues una vez contado esto, la experiencia fue tomando cuerpo, primero con ideas más precisas y luego con la técnica que deriva de la misma:

1. En la Pedagogía de la Mesa descubres que cuidar el planeta pasa necesariamente por cuidarte tú. No puedes hablar de defender el mundo y de amar la naturaleza sin defenderte tú de agresiones alimentarias, emocionales; no puedes amar el planeta y no amarte tú. Imposible, porque no hay ninguna diferencia.

2. En la Pedagogía de la Mesa descubres qué lugar ocupas en el mundo y cómo puedes modificar dicho lugar cuando sea conveniente. Es la conciencia que se desprende mediante la técnica del reparto de tarjetas y de los diferentes roles que puedes ocupar según donde te sientes en la mesa.

3. La Pedagogía de la Mesa es un portal dimensional para sentir muchos aspectos externos e internos, o ambos a la vez, porque los primeros son una proyección de los segundos. Es lo que se desprende, por ejemplo, cuando limpias la mesa al final con la conciencia puesta en que también te estás limpiando tú internamente.

Derivado de lo anterior anterior, la Pedagogía de la Mesa nos acerca a nosotros y a los demás.

 

 

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Josemaría Garzón