Los chicos y chicas tenéis el esquema aprendido de que salir en grupo significa ruido, parloteo y hasta gritos, particularmente en España, considerado aún como un país ruidoso. Aunque en muchas rutas de campamentos paramos en enclaves para realizar prácticas bioenergéticas, lo cierto es que cuesta trabajo armonizar la mente del grupo.

Durante mucho tiempo me propuse cambiar esa actitud a la hora de caminar por las rutas de nuestro entorno de campamentos, digamos en un radio de veinte kilómetros. A lo largo de diez años me frustraba de vez en cuando porque, después de los excelentes talleres del Niño Interior o Inteligencia Emocional que a menudo llevábamos a cabo en el aula del campamento, el nivel de implicación descendía.

Sin embargo, un día sucedió algo aparentemente insignificante. El holandés Simon se encontró con nosotros al principio de una de esas rutas. O bien, nosotros nos encontramos con él. No lo sé, la verdad. Me atrevería a conjeturar una tercera posibilidad, que más bien nos atrajimos por resonancia, a juzgar por la cantidad de semejanzas existentes entre los dos. Podrás encontrar una descripción de cómo fue para él ese encuentro en nuestro post Un holandés en nuestros campamentos. Como digo, demasiadas coincidencias como para no invitarlo a nuestra caminata de tres horas y media. Así que se colocó detrás de la fila como si fuera un niño más, uno con la misma edad que la mía.

Atravesamos el pueblo de piedra y pizarra Riego de Ambrós  y comenzamos el descenso hasta el estrecho valle del arroyo de Las Presas. los chicos ya llevaban un rato desgranando comentarios, chistes y otras ocurrencias. Habrían trascurridos quince minutos cuando, caminando por una senda de la margen derecha, se escucharon algunas voces sueltas. ¿Qué sucede? ¿Alguien está en peligro?, pregunté.

Simon venía corriendo y con una gesticulación muy elocuente nos obligó a reunirnos entorno a él. Llegué a pensar que no había sido buena idea invitarlo. “¿Un loco?”, murmuré. Pero no, su locura era de otra índole, más bien parecida a la mía. Formamos una piña humana a su alrededor. Él se esforzaba en recuperar el aliento y en explicar lo que podía en un español peor que mi inglés. Con sus aspavientos parecía explicarnos que algo misterioso sucedía. Según Simon debíamos callarnos para descubrirlo. Me tranquilicé porque no parecía nada amenazador, pero él insistía en que, por favor, nos callásemos y expresáramos qué oíamos. Al cabo de un minuto de silencio, un chico dijo: se oye… el agua del arroyo descendiendo.

Good, dijo Simon. What else.

Una chica sonrió porque parecía entender las intenciones del holandés. Se oye la brisa del viento sobre los árboles. Otro añadió… un pájaro lejano. Y hubo quien para alegría de mi alma expresó: se oye el silencio.

Exactly… Good, good. Simón prosiguió su clase de atención a la naturaleza, intercalando con palabras en inglés y en español su revelación. Si tú hablas haces ruido, si tú hablas nunca escuchas lo que la naturaleza te quiere contar, es lo que él venía a desvelarnos.

Evidentemente lo miré con otros ojos y me pregunté: pero de dónde ha salido este hombre.

Él era la pieza que necesitaba, la clave que llevaba esperando una década. En ese momento sabía que los chicos lo habían comprendido, pero la comprensión no garantizaba su cumplimiento. Así que ordené como guía del grupo que a partir de ese instante caminaríamos separados, en fila, a una distancia fija uno de otro. Así hasta la entrada a Molinaseca.

En efecto, los chicos caminarían en fila, separados unos de otros, como si fueran las cuentas de un collar. La distancia mínima sería de un metro; la máxima entre compañeros sería de seis metros. Los más pequeños marcharían por detrás de un monitor. Se caminaría en silencio, atentos a los sonidos, a los pensamientos. Expliqué que al principio sería duro, aburrido, pero después resultaría agradable. Además, habría una importante bonificación en el cómputo de tiempo de meditación de ese día.

Así fue. Cuando el guía se acercaba a un punto con dificultad, una zona rocosa o un desnivel acusado, pasaría la voz al de atrás, y así sucesivamente: un metro, un metro, un metro… En ese instante el collar humano pasaba de doscientos metros entre el primero y el último a unos treinta y cinco metros. El fin era apoyar con monitores y premonitores los lugares difíciles para controlar todos los riesgos previsibles.

El guía esperaría a que cualquier obstáculo lo cruzase el último para dar de nuevo una orden que iría graduándose de manera paulatina. Con una voz discreta la orden iba traspasándose de uno al de atrás, hasta que las perlas del collar aparecían más separadas y esplendorosas en el pecho de la Madre Tierra. “Dos metros”. “Dos metros”. “Dos metros”. “Seis metros”. “Seis metros”. “Seis metros”.

Ni que decir tiene que las paradas para meditar, para realizar ejercicios con los árboles, mejoraron en calidad a partir de ese campamento. Cómo no iba a ser así, si el silencio y la escucha de la Naturaleza, además, amansaba la mente y ello permitía nuestra conexión con nuestro ser interno.

En sucesivos campamentos la aplicación de esta medida resultó de una facilidad desconcertante, pues imaginé que debía dar explicaciones de la técnica en todo momento. Qué va, había una aceptación incondicional. Me acordé de la teoría de los campos morfogenéticos de Rupert Shaldrake: algo se había configurado en la dinámica energética del campamento, un patrón invisible, y actuaba en la psique de los campistas sin que nadie rechistara. Parecía como si los chicos y las chicas viniesen con la idea instalada en  la mente o como si llevásemos practicándola desde el primer año, aunque tú y yo sabemos que no es así, ¿verdad?, pues nació este verano.

Volviendo a nuestra primera ruta con Simon, dimos libertad para que durante el regreso en bus el grupo charlara y riera. Sin embargo, mientras caminábamos hasta el autobús aprecié, no obstante, gestos más suaves y entrañables en el grupo, por ejemplo, algunos apoyaban el brazo por encima del hombro del compañero, como si fueran camaradas de toda la vida, cuando era la primera vez que se conocían.

Para terminar, suelo contar por ahí que disponemos de rutas mágicas por la belleza y la conexión que nos permiten su tránsito. Existen por todo el mundo. Pero, claro, hoy te pregunto cómo podría ser mágica una de estas sendas si no consigues parar tu mente o alinear tu corazón con la vida que expresa la naturaleza. Si no estás en resonancia con el único tiempo que conoce la naturaleza, el presente, ¿cómo llegarías a convivir con esa magia? Ese requisito es necesario para que ella te muestre sus secretos, que, te aseguro, no son biológicos. El ruido de tu mente te desconecta de las enseñanzas de la sabiduría natural, del bosque, de los mares, del desierto que, con un código diferente, también te habla de un amor que vibra más alto.